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| Imagen, www.PlaneBuzz.com |
“Soy muy sincero y digo las cosas a como las pienso. No soy de los que se quedan calladas cuando ven algo que no les gusta. Que viva la libertad de expresión!”. Cuántos así conocés?
La historia está atestada de luchadores por la libertad de expresión de varios tipos. Arrancaríamos con Sócrates, o la ‘Areopagitica’ de John Milton, John Stuart Mill en su ensayo ‘On Liberty’. Podríamos citar a Larry Flint defendiendo el editorial de su revista, o los Testigos de Jehová su derecho de compartir su mensaje a otros. De todo ha habido en la viña del Señor, y sigue habiendo. La gente brinca pululante por doquier, amparándose en ese derecho, con un lazo azul por ajuar.
Mas, como con otras garantías, los seres humanos tendemos a extremos y, mucho de algo bueno, se torna malo. Si somos capaces de confundir una bombetada con un ‘ídolo’ también hemos tenido la ligereza de enredar ser social con lo light, la buena educación con la escolaridad, y la autonomía con el libertinaje, la libertad de expresión entonces, es la nueva bastarda del grupo.
Y hablando de chanchadas, a diferencia de Porky, eso no es todo amigos. Tenemos megáfono. Los canales de comunicación, hoy son el confesionario de los llorones. Asomate un rato a las redes sociales, al tele, o al periódico para ver de lo que hablo. Haga la prueba y lea la Nación, o escuche a Amelia Rueda. Hace unos días, vi quejas por que se enzacatara el nuevo Estadio Nacional. Se que esto va a sonar peor que un madrazo, pero parecemos diputados de la asamblea hablando, y no haciendo nada.
Recientemente, ante la muerte de una señora y un bebé por un autobús, ví tristemente, por lo menos tres bandos: [1] periodistas sensacionalistas e imprudentes, [2] quejumbrosos de las calles, buses, conductores y las leyes vomitando trapos sucios y conjeturas, que emergían incluso antes de que pudieran sacar siquiera los cuerpos, y [3] los que, indignados por el amarillismo, comenzaron a chorrear su desazón, insultos, y su juicios. Pero todos y cada uno, alegan tener bases para su ‘denuncia’, por la libertad de expresión. Hubo pocos reparos en lo que la tragedia que realmente significó, por que nos fuimos en el guindo de la forma y el ‘fondo’.
No pretendo, anular derechos.‘Cada uno, cada uno’. Pero, quizás, quieran considerar que cuando la queja se hace un patrón, no solamente se aliviana el concepto de libertad de expresión, sino la seriedad con la que se nos tome. El llanto de un bebé, la acusetas de la escuela, la autenticidad de los Eminem’s o Calle 13’s, los Albinos Vargas, los Guevaras, la Glorias Valerínes. Todos inmunizan, y pasan. Estaremos haciendo de las redes sociales, un nuevo Zócalo?
Si hay, empero, consecuencias preocupantes de la queja: el fortalecimiento no del diálogo, sino del odio. Tengo que documentar lo que producen los comentarios de prejuicio, xenofobia, clasismo u homofobia? Recientemente, la victimización por el prejuicio que algunos religiosos han hecho, ha sido la base para que se genere en el mínimo de los casos, un concepto arcaico, caricaturizado, de cualquier persona con fe; promoviendo un prejuicio igualmente cegado, solo que con otro argumento. Título de la novela: Los ‘haters’ tambien crecen.
Todo lo que se hace al calor de una emoción fuerte, tiende a caducar pronto. La rabia, la indignación, hasta el amor romántico, son escobas que barren bien, solamente de nuevas en nuestra efímera pasarella de camotes. La longevidad que obtengan de las redes sociales, es tan pasajera como el sabor del mes. Si no cambian, los van a cambiar. Sugiero, con todo respeto, para nosotros y para todos aquellos precursores que lucharon por que nos expresáramos, pensar bien, cómo vamos a usar ese derecho. Por que bien puede ser que cuando uno dice ‘yo tengo un problema, es que soy muy franco’ quienes realmente lo tengan, sean los demás; no por honestidad.
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